El rechazo repentino a la comida, incluso a platos que antes le encantaban, es extremadamente común entre 1 y 3 años. El crecimiento se ralentiza en esta etapa comparado con el primer año, lo que reduce el apetito de forma natural.
Por qué pasa
- El ritmo de crecimiento se frena respecto al primer año, así que necesita relativamente menos comida
- Es una edad de mucha exploración de autonomía, y decidir qué comer (o no comer) es una de las pocas áreas donde tiene control total
- La neofobia alimentaria (rechazo a alimentos nuevos o distintos) es una fase normal del desarrollo
Qué ayuda
- Ofrece la comida sin presión ni negociación excesiva — comer o no comer es decisión suya, dentro de lo que se ofrece
- Mantén horarios de comida regulares, sin picoteo constante entre horas que quite el hambre
- Sirve porciones pequeñas — un plato "abrumador" desanima más que uno que parece manejable
- Sigue ofreciendo alimentos rechazados sin insistir en que los coma esa vez concreta; la exposición repetida ayuda más que la presión puntual
Lo que no ayuda
Forzar, negociar con premios constantes, o convertir cada comida en una batalla de voluntades suele empeorar la relación con la comida a medio plazo, no mejorarla.
Cuándo consultar al pediatra
Si el rechazo es tan intenso que afecta al crecimiento y la ganancia de peso del niño, o se acompaña de otros síntomas, es momento de comentarlo con el pediatra — la mayoría de los casos, sin embargo, son fases normales que se resuelven con paciencia y sin dramatizar.